AUTOBIOGRAFIA EN TAHOMA 12


La lucha misma por llegar a la cima basta para llenar un corazón de hombre.

G. Alejandro Trivi supo ser un enano bastante hermoso, de esos cabezones con pelo dorado que parecen ser el amor del mundo. En algún momento ese mundo se quebró. O quizás fue el enano. Quizás, a su vez, fue por eso que se refugió en libros y mundos imaginarios.
Sus padres se separaron y él dijo estar alegre: ahora recibiría dos regalos. Ya no se lo veía sonreír tanto.

Un poco antes viajaba a la Patagonia. Los lagos de espejo, la aventura de la Caminata de las Siete Horas: arroyos terribles y puentes de tronco y abismos que pueden no haber sido mas que arroyuelos y ramas y zanjas. A él verdaderamente le es indistinto. Le brillan los ojos cuando habla. Se le cierra la garganta. Ninjas cerca suyo picando cebollas.

Recuerda varios amigos que ya son como hermanos, sus torturas, una hermana despótica manipulando a la madre. Una madre trabajando siempre. Él siempre saliendo perdiendo. Recuerda el patio del colegio, lleno con todos los chicos que componen el mundo de un niño, riéndose a carcajadas, de él. De nuevo. Luego, una inversión: la tensión antes de subir al escenario a protagonizar con el grupo de teatro una obra que él mismo había guionado. La carcajada se repetía pero significaba algo distinto. No recuerda ese momento lo suficiente.

Lapiceras que desaparecen, ruedas que se pinchan solas y la carcajada onmipresente a sus espaldas. Momentos que en ese momento llamó amores. Un segundo quiebre, buscando revertir el primero: Un encuentro con esos viejos amigos que perdió con el régimen de visitas del viejo. El chico que decía convencido que su mejor amigo es su imaginación (si suena triste es porque lo es) se va dando cuenta de que pude hacer reír. Y más: observa al hermano picante de un mejor amigo, el encanto y el panache, y se va dando cuenta de que, al emularlo, no todos pueden diferenciar esta versión más sociable de él. Quizás porque los otros están ocupados haciendo lo mismo. Comienza a preguntarse si está interpretando un papel o dejándolo de lado.

Los roles se invierten y se encuentra siendo el villano. Causa senderos de lágrimas y se avergüenza de reconocer orgullo entretejido a la compasión del recuerdo. Ve el cinismo amargo que nace de las decepciones. Una parte en él disfruta tener el poder de lograr esas cosas. El resto se encarga de que no se repita, pero fracasa: le encanta jugar, no siempre cuida a sus compañeras de juego.

Cursa biología. Un eje: en un ascensor se cruza a Omar, jefe de cátedra con el que había dado final. Le dice: Cuando te vi, con esa camisa fabulosa, vi un vago que no tiene lugar en Exactas. Quise reprobarte pero diste uno de los mejores finales. Tuve que ponerte ese diez. Le cuento esa historia a mis alumnos porque me recordó no juzgar apariencias. Ale dice que no se ve con bata en un laboratorio sin aire acondicionado peleando con burócratas la falta de presupuesto, pero quiere hacer una fortuna y dársela al Facón para que investiguen tranquilos. Omar investiga los mecanismos moleculares del cáncer. En un futuro Ale pensaría que esa investigación ayudó a salvar a su madre. Omar le dice: “no te pierdas.” Se pierde.

Nunca deja la facultad oficialmente, sólo viene faltando a clases. Hace cinco años. Estaba luchando otras cosas, quizás pavadas. Mujeres y fortuna: un día, bajando la escalera ciclópea del Pabellón dos, notó la brecha entre A) su presente y B) el futuro de abundancia que soñaba, que creía asegurado. Notó, en particular, que no estaba haciendo nada para ir de A a B. Se muda sólo, adquiere paciencia y empatía trabajando en un call center, vive con poco y se divierte mucho.

En el interín, un viaje a California, tres meses y medio de snowboard. Siete años después sigue soñando que está en la montaña. Se despierta, ve su tabla en la pared, ubicada para verse y para tapar la fisura en la pintura.

(Sobre)vive años grises, cruza acceso norte y al acercarse a 100 a un muro de acero y concreto nota a su pie reticente a frenar. Se levanta y se vuelve a caer. Brilla y se vuelve a esconder. Se escapa en libros y sábanas y pantallas. Amigos aplauden sus relaciones simultáneas y se descostillan cuando le explota en la cara. Se encuentra en relaciones, casi conviviendo por inercia, termina haciéndose cargo de que no puede amar a quien no admira y casi todas las personas que admira están muertas. Termina las relaciones con menos tacto del que le hubiera gustado. Ellas mirarán con sorna el eufemismo.

Encuentra felicidad en el momento de posibilidad absoluta de comenzar a conocer a alguien. Ese momento o sucesión de momentos donde la otra persona puede ser nadie, puede ser todo, un conocido, una amante, el amor de su vida, o una serie de noches alucinantes, donde la atención de los dos está exclusivamente en el otro, donde pasan tantas cosas una sobre otra que no tiene tiempo para nada más en el universo. Él es el universo y el universo es ella. Una decisión fortuita lo cruza con otros amigos, más como él, más como quiere ser él. Hace cosas imposibles, hace cosas irreproducibles, y otras veces no hace nada. Ve la brecha entre él y quien puede ser él y tiene las rodillas rotas de tanto mirar lo que no es y no ver donde está caminando.

La enfermedad de la vieja y la malasangre que la enferma lo empujan a retomar meditación zen. Repite ciclos de práctica, ejercicio y crecimiento, con intervalos de “yo se de ésto”, la caída que le sigue a la arrogancia y el volver a levantarse, a veces más tarde, a veces maltrecho, últimamente casi con el aplomo de la rutina. Empieza a disfrutar sentirse miserable y, comiéndose los golpes mientras sigue avanzando, logra levantarse y volver a avanzar.

Dejó la facultad y se quiso hacer una con libros. Estudia a Epicteto y se queda con Alan Watts, entre un océano de blogs, la nueva (no) ficción de pulpa, busca y encuentra ideas magníficas., Douglas Adams le desatornilla el cerebro y se lo mete en una licuadora. Aprende a ser humano viendo a un alienígena en Doctor Who, mira Gurren Lagann precisamente como los niños miran Dora la Exploradora (pero sólo cuando no lo están mirando). Se muerde los labios cuando ve la estupidez, acaso porque sabe la respuesta, acaso porque sabiéndola comete peores errores. En muchos sentidos es el más estúpido de todos.

Le apasiona prácticamente todo, se encerró a estudiar algunas cosas, y quiere aprender las otras. A veces le tiembla la voz cuando habla en público, sigue consciente. Está deliciosamente consciente de que son excusas lo que usa para no emprender proyectos. Tiene bien claro que una relación exclusiva, como un empleo, es una salida fácil para no hacer eso que le aterra y le encanta y lo expone al rechazo. O los ecos del rechazo. Tiene una novela que arrancó a los 17 y concibió muchísimo antes. Sabe que la historia es casi infantil de lo sencilla pero no logra deshacerse de los personajes. Encuentra en las tres cosas aquello que le hace saltar de la cama a la  mañana y enfrentar al dragón de Campbell. Escondido de la realidad entre las letras, buscando armas en ideas para una guerra no de información sino de huevos, encuentra en ex suicidas y genios ideas magníficas, ideas que pueden salvar vidas, ideas que podrías salvar el mundo, y se prepara para aprender a blandirlas y al matar sus dragones, inspirar a otros a matar los suyos.