El cuaderno y la primera sangre



Si el conejo por amor a su sueño le dio muerte al dios, ¿a qué le darán muerte los hombres?


Uil arrancó la hoja y la aplastó. La hoja le mordió la mano, lo aplastó a él. El pasaje sobre el conejo le resultó incomprensible. Quiso recordar las anécdotas absurdas del profesor que la había escrito, las guerras imposibles que contaba por realidades, choques cósmicos entre ángeles y dragones, las tinajas que se volvieron contra los hombres y los perros que les destrozaron las caras. El sol negro que terminó con el mundo y el hielo eterno y el bastardo de la corona y la tijera que cortaría los hilos de los que cuelgan los dioses. Quiso sentir el comienzo de algo especial, el fin de su vida de mugre, el amanecer de algo épico, de algo maravilloso. Quiso sentir esperanza y sintió rabia. El profesor no había venido a buscarlo. Su mirada cayó en el cuaderno y este falló en producir una explicación satisfactoria. El gramaje grueso y amarillo, las puntas redondas y la tapa de cuero viejísimo le fueron ajenas.  Esas escamas no eran de él y nunca lo fueron. Quiso no mirar a su alrededor, la calle muerta, la noche tildada de amarillo por el alumbrado público, sus propios zapatos nuevos pero tapados por el descuido, buscando sin éxito no patinarse en los adoquines mojados por el agua podrida y un rocío que molestaba porque no se dignaba en ser una lluvia.


Después de diez años en el Instituto salía a un mundo que no le quería, un mundo que no sabía de él, que no le podía querer. No había nadie para recibirlo ni para pretender recibirlo. Un médico mal vestido mataba el tiempo con su celular del otro lado de la calle, Uil se esperanzó por tres segundos. Tres. Segundos.


Volvió a pasar el dedo por las escamas rojas del cuero. Su textura le recordaba el fuego. Recordó un patio de colegio, una pesadilla. Un océano de caras mirándolo, de chicos muertos. Una máscara coronada sobre un rostro que no era el suyo. Un trozo de vidrio empapado de rojo en su mano, también le era ajeno, pero no de la misma forma.


Lo consumía la idea de la cantidad imposible de daño que podía causar algo tan pequeño, tan básico. El olor a hierro y su sabor, que había amado al morder de niño la punta de acero de su única lapicera Parker, ahora contaminado, retorcido. Como sus tripas. Sentía repulsión, más no remordimiento. ¿Por qué habría de hacerlo? El que cometió la atrocidad no había sido él, había sido el otro. El que le devolvía la mirada del otro lado del espejo muerto. Habían sido amigos, eso quería pensar. Era claro que ya no podrían serlo. Nunca dejes a un niño sólo frente a un espejo negro. Todo el mundo sabía eso.


La policía llegó tarde, entró con palos y metralla y escudos y botas, herramientas inadecuadas para disciplinar un niño. Aunque ya no fuera un niño.


Lo salvó su profesor de música. Lo cubrió con su campera, recordaba la tela. Azul de una forma que jamás había visto pero habría de ver una vez más. La tela imposible, ni los dedos ni la luz podían asirse.


Envuelto, protegido de los palos por no verlos, pensó que esa tela era la más fuerte. Podría parar el cañonazo de un tanque. Seguro mandarían un tanque. ¿Cómo no, para lidiar con mutilador de chiquitos? Lo era, nadie encontraría al chico de la máscara, se había ido tras la sombra de un espejo, un poco como había venido.




Si el conejo por amor a su sueño le dio muerte al dios, ¿a qué le darán muerte los hombres?




Volvía a leer el pasaje tratando de dejar de pensar en lo que había pasado. El cuaderno era basura. El niño del crimen murió. Había muerto dando lugar a un joven que no recordaba el hecho y no quería hacerlo. Tal vez como castigo por negarle a los muertos la gentileza de recordarlos, tal vez por esas ironías insoportables, deliciosas, que fascinan al universo, sus padres nunca lo visitaron o lo fueron a buscar. Decidió olvidarlos a ellos también, que no es decir que lo hizo. O que se pueda hacer.


Se limitó a no hablar de ello. De ellos.


Un hombre parado a su lado. Uil pasó unas páginas, algo mejor debía haber, había esperado una década para poder leerlo. Algo mejor; cualquier cosa es mejor que esa realidad que no se puede respirar. En que no se puede respirar. Cualquier cosa. El hombre seguía sin moverse. La página decía:




En la noche final, sobre un trono de ceniza tras la sombra de un sol muerto, el Historiador compareció ante seis.




No podía ser. No tenía. No tenía nada. Diez años viviendo en una caja, hablando sin ser escuchado, gritándole al concreto, el recuerdo del cuaderno del maestro de música que recibiría al salir era su tótem o su sonajero. Lo único que recibiría al ‘egresarse’. Eufemismo infeliz. Se había aferrado a la ilusión de que contenía todo, o el secreto de todo. Una carta dándole esperanza, viéndolo partir. Un mapa de vida, alguna respuesta. En lugar de eso una serie de poemas mal escritos, producto de la mente amarga que le salvó la vida por un malogrado sentido de heroísmo.


La carcajada del otro sonaba como campanas, la cascada en un arroyo y todos los rayos de sol en el mundo. Cortó con la tormenta en su pecho como un martillo hidráulico en manteca caliente. "No se para qué tengo libros si puedo leer tu cara. ¿Estuvo lindo el Pozo? Parece que te succionaron las ganas de vivir."


Uil lo miró mientras observaba una rabia que no era suya crecerle en el pecho. ¿Quién era este?...pero su ira era transmutada por una sonrisa que le trastornaba el rostro al otro y el alma a Uil. Quien fuera ese tipo carecía de importancia. El otro abrió los brazos antes de que Uil supiera que quería abrazarlo. Que lo estaba abrazando. Que Uil lo había abrazado.


La sensación de enajenación, la sospecha de habitar el cuerpo de otro, los separó. El otro sonreía e intentaba no morderse el labio con distintos niveles de falta de éxito. Uil no quería llorar pero tampoco podía hablar (o respirar) con la garganta cerrada. Optó por quedarse quiero, un hombro caído, mirándolo derrotado, una media sonrisa su bandera blanca.


Me alegra que nos estemos llevando bien, parecía decir el otro con la mirada. La sonrisa se desvaneció con la misma naturalidad con que fue suplantada por dos surcos en lugar de ojos que pretendían representar una expresión seria, que es ninguna. "Uil, mi nombre es MT Braun, vengo a reclutarte a la Iniciativa."


Uil lo miró con la mandíbula desencajada, un poco porque su cerebro estaba lidiando con la situación con la misma eficiencia y suavidad con que la caja de cambios de un auto viejo lidia con la mano de un chico de 17 aprendiendo a apretar el embrague, pero más que nada porque a espaldas de MT el cielo se abrió en dos, un pilar de luz surcó el horizonte sembrando una cordillera de fuego y muerte en un círculo perfecto con ellos en el centro. Entre las nubes que se abrían espantadas del fulgor Uil vio una Luna hecha más brillante, por la inmediata oscuridad que cayó como una avalancha de noche sobre la ciudad, y por el círculo negro que se imponía en su centro, haciéndolo el iris de un ojo absoluto.


Y el velo de aire que desdibuja o borronea la luna delante, haciéndolo más real, parte del firmamento de cuerpos celestes, perfectos, de movimiento inexorable y divino que veían los griegos. Uil no pudo ni sentir terror antes de que el cielo se tornara naranja, el piso decidiera girarse y su rostro decidiera encontrarse con el piso.


El cuaderno, atenazado entre sus dedos como de muerto, evitó caer en el negro de la boca de tormenta. La página que podía entreverse leía:




En la noche final, sobre un trono de ceniza tras la sombra de un sol muerto, el Historiador compareció antes seis. "Vengo ante usted, el día después de que la lanza de Kronos tronchara la última estrella, no por coerción sino por decisión propia, a declarar ante aquellos que serán mi muerte. No puedo revelarles el secreto que me requieren, no lo intenten extirpar; será suyo cuando escuchen la historia de aquellos hombres sobre cuyos cadáveres cimentaron su imperio de polvo y hielo. Sin ellos el secreto carece de poder o sentido; cuando entiendan, cuando entiendan como yo los entiendo, mejor que como se entienden a ellos mismos, y estén así en posición de darme muerte, entonces también los amarán."