DESACELERACION. El soldado y el cielo de hierro

DESACELERACION
Somos cinco miserables en el fondo del pozo buscando al diablo. La niebla roja no nos deja ver mucho mas. La niebla roja. Parece. Viva.
Primero una vaga sensacion, algo que jala mi conciencia, algo que un instinto demasiado acostumbrado por la muerte me lleva a buscar, la niebla se va moviendo, vibra, se aplana, se arrastra, se condensa. Todo nuestro mundo se sustrae y se escurre, se va por la alcantarilla, y lo que vi a continuación no lo podre olvidar o comunicar.  Las piernas que me sacaron vivo de los hombres de palo, y las tinajas y los perros que les devoraron la cara, por fin me fallan, me siento caer. Demasiados inviernos, demasiados infiernos en ciudades en ruinas, entre hombres erizados de lanzas, murallas sucumbiendo bajo las minas, templos colapsando sobre sus dioses. Demasiados infiernos pero ninguno como este. A medida que la niebla se escapa, como en rios de nube, son montañas, montañas de un tono azul, tornasolado, perfecto, montañas inmensas, imposiblemente altas, imposiblemente viejas. Detras de ellas un muro negro. Las montañas apenas tocan sus pies. Aún a esa distancia, parece llegar al limite de la camara. Sigo con la mirada a un lado, el muro se curva, pero no hacía abajo, como en un mundo, como en todos los mundos, hacia arriba, en un anillo que parece un mundo que parece contener un mundo. Pero ya no estoy mirando las montañas, ni el muro, ni el anillo. Estoy mirando el cielo. Dios mio. Ese cielo. Un cielo que no debio existir, que no podia. Un cielo que niega a los hombres, los aniquila. Un cielo de acero y hierro. Un cielo de engranajes absurdos, extendiendose en todas direcciones, moviendose con la indiferencia lluvia o el transito de las estrellas. Entiendo que estamos atravesados con un Dios. Atravesados por un Dios. Un cielo jamás hecho para los ojos de hombre, con mil partes moviendose, siguiendo los designios de una inteligencia ilimitada. Me cuesta entender, aceptar. Ruidos secos a mi lado me dicen que los chicos estan por morir o estan muriendo. Tambien por primera vez, por un instante, no me importa. Porque colgado en el centro del anillo flotando en el centro del cielo de hierro, traicionando la distancia y la magnitud, un sol. Lo veo perfecto, una esfera de luz inconfundible, aunque solapada, como detras de un vidrio, la niebla roja lo va revelando de a etapas. Y si eso en el cielo es un sol, ¿que espacio inconcebible ocupa la camara en la que estamos parados? Mis rodillas tocan el piso. Pero no con el golpe flojo de quien capitula su fe y asi su humanidad. Se mueven solas, haciendo lo que siempre hacen, lo que siempre hicieron. Lo único que pueden hacer, fluyen y tiran y caen en la única posición que es realmente mia.
Un cielo, un sol, un anillo que contiene un mundo, un muro que eclipa montañas, montañas tornasoladas y el terreno de los dioses y su niebla maldita no son nada. Después de hombres erizados de lanzas, después de infiernos apilados, de las llamas, los saqueos, las violaciones, las murallas cayendo sobre las minas y los templos colapsando sobre sus dioses, solo un hombre conserva la paz. Frente a mi veo la niebla y el odio y la sangre condensarse en un demonio. Veo a nuestro Ángel trenzarse en un combate que no puede ganar. Veo al bastardo de la corona por fin traicionarnos y tomar la cabeza de MT y Jak. Lo veo saltar sobre el corazon de hielo con la Tijera en sus manos, enfermo de cortar el hilo del que pende el reflejo de los dioses. Veo mi mundo y mi infantil idea del mundo hacerse humo y deshacerse ante la realidad. Veo que tengo 347 Almas en la mochila, el reflejo de trescientos cuarenta y siete hombres que dieron su vida, y su posibilidad de un cielo o un infierno por nosotros. Siempre entendí a los diez mil hombres que sacrificaron sus vidas y su recompensa por darme este instrumento de muerte. Nunca entendí al científico enfermo que concibió la idea de hacer balas con la esencia de hombres. En ese momento, viendo eso, lo comprendí. Que importa como lo juzguemos, si no quedan hombres vivos para juzgarlo. Siento como una mordaza en la garganta la responsabilidad de apretar el gatillos sabiendo que cada disparo es un hombre al que le negue el cielo. Siento la fuerza surgir a través de los cables. Siempre, aunque es imposible, a cada uno de esos hombres dispuestos al máximo sacrificio por proteger a quienes nunca conoceran. Siento el olvido que le daré a esos hombres, y que cambiaré por el del enemigo. Siento la felicidad plenamente humana de mis manos llenas de tierra. Mi último pensamiento es para Roosevelt. Que importa si fracasamos, que importamos nosotros, si somos nada. Nos atrevimos a entrar en la arena, a darle lucha a los dioses. Quienes son ustedes para juzgarnos, demiurgos, monigotes creadores de mundos. Nuestros reflejos jamás pertenecerán con sus frias y timidas almas, que no conocen ni la victoria ni la derrota.

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