Pasos

La veo y siento como si estuviese otra vez el pelado empujándome para que vaya a hablarle. Son algo así como nueve pasos, pero juro que corrí kilómetros en lo que pareció menos tiempo. Los primeros dos son los peores. La vocecita neurótica del pequeño ale en mí le pega un codazo a mi neocórtex, que me acribilla con razones por las que ir a hablarle a esa chica es una pésima idea que va a terminar con el bar incendiándose, o peor, con el bar riéndose de mí.
Los siguientes dos son los peores también. Aparentemente no recuerdo bien cómo se hace esto de caminar, puedo sentir dos versiones de mí tratando con poco éxito de coexistir en el mismo tiempo al mismo cuerpo. El quinto paso zafa. La veo moverse como la criatura más fascinante del mundo, y en este momento lo es. El sexto es infinitos. Veo superpuestas mil reacciones, un entretejido de desenlaces posibles, macanas, insultos, carcajadas, el frío grumoso de la indiferencia, las risas, el tesoro, una eternidad dorada, la magia. Para el séptimo recuerdo las palabras del diablo-que-sabe-más-por-viejo-que-por-diablo, recuerdo que esta turbulencia en el pecho no tiene nombre, que miedo es una etiqueta y que entusiasmo es otra, más apropiada. En el octavo me sacudo, me alzo, me abro, brillan los ojos y la sonrisa se me quiere escapar del rostro. Respiro como si hubiera estado esperando este momento toda mi vida. No puedo recordar cómo me llamo, no estoy seguro de que haya alguien aparte de la acción, un yo afuera de este momento.
Al noveno y en la voz más seductora que puedo producir, producto de horas vendiendo celulares Nextel --que debe haber sido bastante seductora, porque comisionaba todos los meses y los Nextel son un desastre-- digo:
“Hola, me pareciste hermosa y tuve que venir a conocerte, me llamo Ale, ¿cómo te llamás?” Estoy vivo otra vez.