Otra carta a un dios cautivo



Eras mi segunda persona favorita en este universo. Daría la vida por la persona que olvidaste que sos. NO quiero hacerte llorar, no es mi intención que vuelvas a los gritos, tengo los oídos lacerados de escucharte aullar. Esos gritos, buscando taparte. Sé que escuchaste esta historia mil veces, unas 800 por mí, de mí, No sé qué más hacer, realmente. Se me ocurren varias historias, varias razones. Entiendo en el fondo el problema. Es la solución la que se me escapa. No puedo infectarte si no te puedo inyectar, y no sé cómo inyectarte si no me dejas.
El centro de todo esto es que no estás enfermo, aunque creés que lo estás, y por eso me insistís con que no lo estás. No se cuanto intentos me quedan antes de que… esto no puede fallar.
Dejame contarte una historia. Había un preso encerrado en su celda, cansado de la idea de repetir el mismo día que había vivido, en círculo, estaba seguro, diez mil años. Por una casualidad, se cruzó con este texto, en un rincón a plena vista pero que siempre pasaba la vista por alto. Desplegó el rollito, en letras mal escritas, un poco confusas, un poco ajenas, una idea familiar.
Era la historia de dos hombres. Otro le dice a Uno, hubo un a vez una cárcel. La primera de todas, antes de que existiera la palabra. No tenía paredes, prisioneros ni guardias. Los que vivían ahí atrapados se sabían libres. Habían nacido con una parte de su cerebro, Dala, la amiga, recordándoles las virtudes de esta otra libertad. La libertad de pensar, pero dentro de los confines de siempre. Uno le dice “eso suena terrible, ¿no podían pensar en hacer otras cosas que las de siempre, por qué no se lo sacaban?”. Otro le responde “Dala sólo te prohibe cuatro cosas. Pero te prohíbe a la inversa.” Uno levanta una ceja. “Prohibir a la inversa es permitir”. Otro lo mira sin responder. Uno entiende, “el truco está entonces en que es lo que permite, o incentiva.” Otro siguió, “La primera es que prefieras hacer cosas que no pongan en riesgo tu vida. La muerte sería un escape fácil. La segunda te sugiere que evites arriesgar el ridículo ante los otros presos. Nunca una opinión fuera de lo normal, como la idea, claramente ridícula, de que no son libres. Todo el mundo sabe que uno es libre. Nada le impide actuar. De afuera.” Uno lo mira con tedio. Otra vez este cliché. Otro sonríe, “La tercera parte le recuerda las virtudes de tomarse las cosas con calma. Estás cansado, ¿no viste todo lo que estás trabajando, todas las cosas que tenés que hacer? No tenés tiempo ahora de agarrar ese libro, de escuchar esa charla, de encarar ese proyecto…” Otro se detiene. Uno lo mira, “ahora me vas a decir que eso me pasa a mi.” Otro traiciona la tristeza del que vio demasiada gente elegir no vivir, “Nunca dijiste que ibas a estudiar y no estudiaste, que ibas a entrenar y no entrenaste, que me ibas a escuchar y no escuchaste, que ibas a reflexionar y no reflexionaste.” “Eso es diferente y lo sabés. Sabés que tengo mil cosas atrasadas para leer, que estoy hasta las manos con el trabajo, que llego demasiado cansado para entrenar, que estoy demasiado ocupado para sentarme media hora a mirar un punto en la pared o escribir mis putos pensamientos. No hay ninguna cosa en mi cabeza que me diga esas cosas. No estoy al pedo para pasarme el día pensando pelotudeces.” Como vos. Uno no lo dice pero Otro lo ve. Otro sonríe con esa sonrisa insoportable que Uno detesta y quiere sopapear. De nuevo. La sonrisa de un pelotudo que cree que sabe más de la vida que vos. Otro gira la cuarta tarjeta. Se lee:”La cuarta acción de Dala hace que uno no pueda verla, ni olerla, ni sentirla. Las primeras tres partes funcionan como un aura repelente que evitan las acciones que Dala quiere que evites. La cuarta hace que evites la acción de ver a Dala, e inventes una razón para justificar todas las cuatro acciones anteriores. Estas explicaciones funcionan muy bien por dos razones: porque son ciertas, y porque querés que sean ciertas. Porque la alternativa te produce rechazo, y el rechazo te produce rechazo, y la explicación los hace desaparecer a los dos y hacer que todo vuelva a estar en su lugar en el mundo.”
“Andá a cagar, forro. Quién te creés que sos para decirme esto. No sos nada. Si sabés tanto de la vida por qué no estás rompiéndola, por qué no me decís esto mientras hacés llover billetes.”
Otro lo miró como si Uno fuera la persona que más amaba en el mundo, como si ya hubiera visto todo esto antes. Por lo menos una vez. Lo miró como si entendiera cada fibra, cada cuerda, y, al hacerlo, lo amara. Permaneció quieto, esperando.
Uno notó la rabia hacia el forro de Otro.
“¿Qué tengo, que tenemos que hacer para salir de Dala.”
“No sé si se puede salir, o hasta donde. Pero la podemos engañar, y podemos usar su fuerza en su contra. Podemos…”
Uno lo esperó, todavía enojado, pero empezando a ver cómo el campo lo había venido acorralando, como de a poco había venido dejando más cosas, más personas, más posibilidades y proyectos y alternativas de lado, encerrándose de a poco en un círculo de rutinas cada vez más estrecho.
Otro continuó, “Podría decirte lo que hice, pero entonces Dala te va a hacer decir ‘listo, ya lo entendí’ y así guardar la idea en un cajón y volver a repetir exactamente lo mismo. Porque Dala no tiene inteligencia, es exactamente tan inteligente como vos porque usa la tuya. Se me ocurre que lo mejor que puedo hacer es señalártela, y dejar que la idea, como una semilla, vaya entrando en vos, y a lo largo de los próximos días te vayas encontrando pensando qué cosas mi amig-Dala me hizo evitar hoy, creyendo que me protegía, y teniendo razón, porque no hay nada más seguro que una cárcel cuya principal característica es que evita que te des cuenta de que estás encerrado.”
“¿Cuántas veces tuvimos esta conversación?”
“Todas.”




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"Y porque nada es más importante para nosotros que la supervivencia, la primera parada de toda esa información es una antigua feta del lóbulo teporal llamada la amígdala. Ahora, la amígdala es nuestro detector de alerta temprana, nuestro detector de peligro. Organiza y revisa a través de toda esta información buscando cualquier cosa en el ambiente que pudiera lastimarnos. Así que dada una docena de noticias, vamos a mirar, preferentemente a las noticias negativas. Y ese viejo adajio de los periódicos, "si sangra, vende," es muy verdadero."

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