El sueño de Azathot

“Por lo menos una de las siguientes conjeturas es verdadera: 1. La raza humana se va a extinguir antes de llegar a un estadío posthumano. 2. Es virtualmente imposible que cualquier civilización posthumana corra una cantidad significativa de simulacros de su historia evolutiva, o sus variaciones. 3. Estamos casi definitivamente viviendo en una simulación por computadora.
De acá se desprende que la creencia de que hay una chance significativa de que un día nos volvamos posthumanos que corran simulacros de sus ancestros es falsa, a menos que estemos en este momento viviendo en un simulacro.”
J sacudió la cabeza. Había hecho un esfuerzo para venir a ver a su amigo, y en lugar de leerle uno de sus cuentos, le estaba leyendo un paper de otro. Típico. “Primero, esas palabras no son tuyas. Segundo, eso no es un cuento, es un ensayo. ¿Dónde está el conflicto?”
“Arranqué con una cita al abstracto de Nick Bostrom…El conflicto está en hacer que te des cuenta de que estoy diciendo la verdad.”
J miró a su amigo un momento. “No sé si te van a aprobar con eso. Estas jugando con la consigna.” Sabía algo sobre cosas que otros no sabían, pero siempre salía con estas especulaciones. Se rascó la cabeza, realmente desearía que no lo hiciera justo hoy. Había venido de muy lejos. Su amigo siguió.
“Hace 40 años teníamos el pong. Dos rectángulos y un cuadrado. Hoy tenemos entornos simulados fotorrealistas que se proyectan en cascos VR, miembros ortopédicos que dan feedback directo a los centros táctiles del cerebro e inteligencias artificiales que derrotan al hombre en cualquier juego cuyas reglas entren en un cuaderno. El próximo salto de esa magnitud se va a producir en veinte años. El siguiente en diez. El próximo en cinco. Esa es la ley de Moore. Estamos surfeando la ola de poder de cómputo derecho al volcán y acá estamos, exponiendo nuestras ideas en fetas de árboles muertos.”
J se dio cuenta de que esto era importante para su amigo, y como no había nadie más en la habitación, se la iba a tener que comer él. “Ponele que sea cierto lo que decís. ¿De qué me sirve?”
“Ponete un momento en la cabeza de un posthumano. Integraste tu conciencia a una superinteli…a Google. Te subiste a la nube. Podés acceder a todo el conocimiento, tenés tu conciencia expandida, ves todo en HD, podés agarrar una impresora 3D e imprimirte un cuerpo nuevo, pero estás bárbaro disfrutando de tu experiencia con una docena de sentidos nuevos para los que ni tenemos nombre. Tu vida es fantástica.”
“Fruta. Te terminás acostumbrando. Hace 200 años trabajábamos seis días por semana catorce horas partiendo tierra con la espalda partida con un arado partido, con la ropa llena de caca. Hoy trabajamos ocho horas cinco veces por semana y nos quejamos de que apenas tenemos tiempo de ver series en Netflix y que no podemos pagarle a otras personas para que cocinen por nosotros tantas veces por mes como nos gustaría.”
Su amigo sonrió. Levantó su celular: “Si, la idea de que el tiempo es cíclico y vamos a terminar enterrados como las grandes civilizaciones antiguas. Pero ahora tenemos esto.” Miró a su celular. “Hey Google now, ¿cuál es la respuesta a la pregunta definitiva?”
Google le respondió en una voz perfectamente simpática, demasiado perfectamente simpática, que la pregunta era insuficiente.
“La pregunta definitiva, sobre la vida, el universo, todas las cosas.”
Los dos vieron una pelota de luces girar mientras una inteligencia cruda pero inconcebiblemente poderosa rastrillaba el conocimiento acumulado por la humanidad, las mejores transcripciones de jeroglíficos egipcios y mayas, pergaminos griegos sin signos de puntuación, las mil interpretaciones del Tao Te King y cada acto de onanismo intelectual jamás escrito. Incluyendo éste. Comparó, cotejó, contrastó, con las mil millones de preguntas similares que había procesado, en los últimos veinte minutos, y produjo una respuesta precisa hasta la tercera cifra decimal. No la encontró, como un mero hombre esperaría, en los resultados de un experimento desconocido, las alucinaciones de un sufí, o un cliché. Estaba en un radioteatro británico de los sesenta, un experimento con ratones que no eran ratones, o una mujer tomando café en Islington, o todas las anteriores. Las fuentes se contradecían, pero el resultado era claro. Estaba tan segura de su respuesta que produjo la imagen de una vieja calculadora digital y puso el resultado ahí, dejando claro que lo que estaba por decir era un hecho, no una aproximación.
“Tengo tu respuesta”
Su amigo le guiño el ojo a J. “¿La respuesta a la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todas las cosas es...?”
“42”
J se rió a carcajadas. Su amigo también, un poco, otro poco se sintió incómodo. “Es claro que faltan unos años. Pero estamos llegando.”
J decidió darle aire. “¿Para qué me sirve pensar que es cierto?”
“Sos, entonces, un posthumano con una conciencia que no puede envejecer, mil sentidos amplificados, y el acceso a un Google que te sabe recordar que no son las cosas que podés llegar a acumular lo que te hace feliz, sino el apreciar lo que ya tenés. Las personas. No es la tecnología o el conocimiento analítico sólo, sino combinado con inteligencia interpersonal. Un Google que se leyó todos los libros de psicología que hay y que sabe criarte para que seas feliz. ¿Qué sentís?”
J hizo su propio rastrillaje y recordó viejas conversaciones. “Gratitud.”
“Y entonces ¿qué hacés?”
J inclinó un poco la cabeza, concediendo un punto. “Agarro mi Playstation 173 y me pongo a jugar al GTA, para ver cómo hicieron mis bisabuelos para darme tanto teniendo tan poco.”
“¿Y qué pasa cuando te metés y ves a ese abuelo que te dio todo sufriendo con las limitaciones de un mundo que todavía maneja una economía de escasez y cree que la vejez y la muerte son constantes del universo?”
“Sos un hijo de puta. Los ayudo. Lo veo a mi abuelo y…claro, es como un álbum de fotos. Puedo ver a mi abuelo, verlo crecer, verlo sufrir, no…pará. Puedo crearme un avatar, puedo loguearme, entrar al simulacro, ser el tío ese, su mejor amigo, que veía una vez cada tanto pero siempre estuvo para darle una mano cuando lo necesitaba. Estar con él cuando se enfermó.” Su amigo lo estaba mirando fijo con esa media sonrisa insoportable que le producía el impulo de cachetearlo. “¿Qué? Ah, ¡Ah! ¿Cómo se que no soy ese amigo? No. Pará. Eso puede llegar a pasar. Pero este es el universo real. Es obvio.”
“Ponele que la humanidad llegara a ese nivel donde el equivalente de la laptop de 400usd pueda simular un universo. Cada pibe de clase media va a poder hacer uno. Si ese universo llegara a existir, va a crear cuarenta millones de universos simulados. La chance de que estemos en el original es una en cuarenta millones.”
J se río a carcajadas, y su amigo pudo notar una corriente de tristeza mal contenida chorrearse y mancharse de alegría. J miró a su alrededor, buscando algúna falla en el render de la realidad. Un pixel quemado, un error de continuidad, un tiempo de carga demasiado extenso disfrazado de un ascensor lento o una calle con mucho tránsito. Su amigo se dio cuenta y sonrió. J se paró y abrazó a su abuelo. Estaba llorando.
Su amigo se dejó abrazar, no entendía por qué, pero no preguntó.
J balbuceó, ahogado, “te extrañe mucho, hijo de puta.” Y se deslogueó un instante después de salir por la puerta.

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Gracias por leer hasta el final! Podés corregir los horrores acá.

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